Había arrancado el día sin una sonrisa. Cuando me bajo del colectivo y voy a la parada de taxis, estaba ahí paradita, y al mirar hacia abajo, veo una moneda de un peso. Acostumbrada a pasar por miles de lugares estratégicos, en los cuales siempre hacen esa bromita de "me agacho a buscar la monedita que me encontré, pero ups! está pegada al piso" y sin ningún tipo de disposición para saber si ésta era una de esas trampas cazabobos, ni siquiera atiné a patear la moneda con el pie. Estaba convencida de que no iba a poder llevar esa moneda a mi bolsillo.
Al lado mío, otra chica que esperaba, al igual que yo, un taxi. Cuando se aproxima para guardar su valija en el baúl del automóvil, y en medio de una charla telefónica (seguramente con su mamá), mira hacia abajo y le dice a su amiga: "Mirá, Sole, un peso." Lo alza, y lo guarda en su bolsillo. En ese mismo instante yo pienso: "qué estúpida, cómo no me voy a fijar!?"
Cuando me puse a pensar, dije: Tantas veces nos pasa, como con la moneda de un peso, que tenemos oportunidades ahi, a nuestros pies, servidas, regaladas, "donadas" como quien dice. Y sin embargo, por miedo quizás al ridículo, por no estar seguros, o por tantos miles de motivos tontos que en ese momento pasan por nuestras cabezas, las dejamos escapar. O, como me pasó, dejo que otra persona se lleve el peso que vi yo!

Pero, ¿Cuántas veces van a pasarnos, a cachetearnos las oportunidades para decirnos: acá estoy, agarrameee!? Una sola. Las chances son únicas, irrepetibles. Y cuando las desaprovechamos, nos arrepentimos. Tanto, tanto nos arrepentimos!



No hay comentarios: