Volamos.

Resulta ser que somos una especie de aves. Y vamos recorriendo nuestro camino, volamos. Y en algún momento, mientras miramos hacia otro lado.. Volvemos a voltear y ¡Pum! una pared. Nos estrellamos. Nos caemos. Pero resulta también que tenemos cierta "necesidad" de volver a levantarnos. No nos quedamos ahí, frente a esa pared. Como podemos, buscamos la forma de atravesarla, de cruzarla, saltarla, destruirla. Como sea, pero hay que ir del otro lado de la pared. Hay que descubrir, casi por obligación,qué hay del otro lado. Ese otro lado tiene como un imán. Y es ese imán el que nos incentiva, el que nos alienta (desde ese otro lado) a derrumbar la pared. Y en el intento, sufrimos, lloramos, volvemos a chocar con la pared una y otra vez, de una u otra forma y lloramos, porque nos duele pegarnos contra ella repetidas veces. Sin embargo, llega un punto en que esa pared queda débil. Y un sólo golpe más la derrumba. Y llegamos al otro lado. ESE otro lado está lleno de caminos, lleno de sorpresas. De alegrías o de tristezas, no sabemos, pero es nuevo, es diferente. Y sólo por el hecho de haber encontrado algo nuevo después de tanto pelear, de sufrir y llorar, tenemos una recompensa. Una auto recompensa, diría: La sonrisa en nuestro rostro, pero no cualquier sonrisa: una de realización, de felicidad en su estado más puro, de alivio. Esa sonrisa, por dentro, demuestra que nos levantamos, y no sólo eso, sino que nos elevamos, que volvimos a volar! Y comenzamos a recorrer nuevos caminos, y volvemos a chocar con otra pared. Pero, ¿Saben qué? Creo que sólo por el echo de poder sonreír y sentirme así, de caerme y poder volver a volar.. me chocaría mil paredes más. En eso consiste la vida. En volar, chocar, caer. Pero SIEMPRE hay que remontar el vuelo. Jamás dejemos de volar. ~

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